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Opinión

Ni brujas ni calabazas, aquí siempre fuimos de santos

Antonio Vega

Antonio Vega

Jubilado

30 de October de 2026

Hay cosas que uno, por más años que cumpla y más rejas de ventanas vea cambiar en el pueblo, no termina de encajar. Llevo más de siete décadas respirando el salitre de Almuñécar. He visto a nuestro pueblo pasar de las calles de tierra y las barcas en la orilla a los paseos marítimos llenos de terrazas y apartamentos. Sé lo que es el progreso y sé lo que es la novelería. Y esto de Halloween —que hasta cuesta pronunciarlo sin parecer que se está atragantando uno— me huele a lo segundo.

Ayer salí a dar mi paseo de la tarde, el que me lleva desde el centro hasta el Peñón para ver cómo está la mar de cara al domingo. Me crucé con un tropel de chiquillos disfrazados de demonios, vampiros y monstruos de esos que salen en las pantallas. Mi nieto el mediano, que venía conmigo, me tiraba del brazo pidiéndome monedas para comprar una calabaza de plástico cargada de caramelos. Le compré los caramelos, claro, que para eso está uno; pero por dentro me quedé cavilando.

¿Desde cuándo nos hemos vuelto tan prestados? Ahora resulta que a finales de octubre hay que llenar los escaparates de telarañas sintéticas, calaveras de mentira y disfraces importados de la televisión. Nos venden la “fiesta anglosajona” como si hubieran descubierto la pólvora, cuando en esta tierra toda la vida hemos tenido nuestro modo de recordar a los que ya no están, con mucho más respeto y, desde luego, con bastante más fundamento.

Para nosotros, los de siempre, el 1 de noviembre no ha sido nunca una noche de sustos de mentira ni de andar pidiendo chucherías puerta por puerta. Ha sido la Noche de los Santos y de los Difuntos. La tradición de toda la vida.

En mis tiempos —y no hace tanto de esto, aunque a los jóvenes les parezca prehistoria—, estas fechas olían a otra cosa. Olían a castañas asadas en la esquina, a boniatos al horno que preparaban las mujeres en la cocina con santo paciencia. Era el momento de subir al cementerio, limpiar la lápida con cuido, poner las flores más bonitas y encender una mariposa o una vela en memoria de los abuelos, de los padres y de los amigos que se fueron quedando por el camino. Había un recogimiento bonito, una reunión familiar alrededor de la mesa compartiendo recuerdos y milongas de cuando éramos mozos.

Mis nietos se ríen cuando les digo que a mí las brujas de plástico no me dan miedo. Miedo da cómo se nos van olvidando las cosas nuestras por querer copiar lo que viene de fuera. Nos creemos muy modernos por ponerle cuernos de plástico a un niño, pero se nos olvida explicarle de dónde venimos y por qué sus bisabuelos encendían una mariposa de aceite en la repisa de la ventana.

No pretendo yo cambiar el mundo a estas alturas; bastantes promesas grandes he oído en cuarenta años detrás de un mostrador oficial como para saber que la gente hace lo que le da la gana. Si los chiquillos se lo pasan bien, bien bien está. Pero que no nos vendan la moto.

Este 1 de noviembre servidor irá a la mar temprano si el poniente lo permite, luego me vestiré de limpio y subiré a ponerle sus flores a los míos. Y por la noche, me comeré unas castañas bien calientes recordando a los que me enseñaron a querer a este pueblo tal y como era, sin necesidad de que nadie desde al otro lado del océano nos diga cómo tenemos que acordarnos de nuestros muertos.

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