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Opinión

La Charca de Suárez gana un escudo de papel (y el medio ambiente una alegría)

Andrea Rivas

Andrea Rivas

Periodista ambiental

21 de October de 2026

A los que nos dedicamos a escribir sobre el medio ambiente nos toca, muy a nuestro pesar, dar malas noticias casi a diario. Hablamos de sequía, de calores que sofocan las cosechas en la Vega y de cómo el cemento le va comiendo el terreno a los pocos rincones verdes que nos quedan en la costa. Por eso, cuando llega una buena noticia de las de verdad, conviene pararse, respirar y celebrarla como se merece.

La Junta de Andalucía ha aprobado esta semana la declaración de la Charca de Suárez, en Motril, como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA). Dicho en cristiano y sin rodeos: a partir de ahora, este humedal entra por la puerta grande en la mayor red de espacios protegidos de la Unión Europea (la Red Natura 2000) y cuenta con un Plan de Gestión con fuerza de ley para que nadie venga a estropearlo.

Un milagro con plumas rodeado de asfalto

Si has paseado alguna vez por la Charca de Suárez, sabes perfectamente de qué te hablo. Y si no has ido nunca, te estás perdiendo una de las mejores lecciones de vida que nos ofrece la Costa Tropical.

El entorno de la Vega entre Motril y Salobreña ha cambiado muchísimo en las últimas décadas. Invernaderos, carreteras, naves y urbanizaciones han ido ocupando la tierra. Y en medio de toda esa transformación, ahí sigue la Charca: un mosaico de ocho lagunas de agua dulce donde reina una calma casi mágica.

Es un lugar vital. Para las aves que viven allí todo el año —como el aguilucho lagunero o la garza real— y para las que vienen de paso desde el norte de Europa camino de África. Es, literalmente, una estación de servicio natural donde los pájaros paran a comer, descansar o criar a sus polluelos. Especies que están rozando la extinción en medio planeta, como la focha moruna o la cerceta pardilla, encuentran en Motril un sitio seguro donde salir adelante.

Del abandono a la protección total

Lo bonito de esta historia es que la Charca no se recuperó de la noche a la mañana ni por arte de magia. Ha sido un trabajo de hormiguita.

En 2007 se protegió un primer grupo de cinco lagunas. Más tarde, al dejarse de cultivar algunos terrenos contiguos que pasaron al Ayuntamiento, el agua volvió a abrirse paso de forma natural y nacieron tres lagunas más (Juncia, Junco y Álamo Blanco). La naturaleza no entiende de mapas ni de lindes de fincas: cuando le dejas un metro cuadrado de tierra y agua, se lo queda y lo llena de vida.

Por eso tiene todo el sentido del mundo que el Ayuntamiento de Motril y la Junta vayan de la mano para proteger el conjunto entero. El acuífero del que beben las lagunas es uno solo, y tratar a unas lagunas como “reserva” y a otras como suelo normal era una contradicción que por fin se va a resolver.

Menos firma y más cuidar el agua

Las leyes y las siglas como ZEPA están muy bien, pero como sé por experiencia con mi pequeño huerto en La Herradura —que bastante me cuesta mantener verde cada verano—, las plantas y los animales no comen papeles oficiales. Comen y viven de recursos reales.

El verdadero reto de esta nueva protección empieza mañana. De nada servirá el decreto si no se cuida la salud del acuífero subterráneo que alimenta las lagunas, si no se vigila la calidad del agua que entra por las acequias o si dejamos que la presión de alrededor altere el silencio que necesitan estas aves para anidar.

La Charca de Suárez nos demuestra algo muy sencillo que a veces se nos olvida con tanta prisa: que la naturaleza no es un estorbo para el desarrollo, sino nuestro mejor patrimonio. Guardar un pedacito de costa para que vuelen libres las garzas no nos hace más pobres; nos hace un pueblo mucho más sabio. Hoy, la Costa Tropical es un lugar un poco más habitable. Y eso siempre es una gran noticia.

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